Cuento sobre la búsqueda de una escuela

Por Nicolás Bajuk
En busca de la duda...
Nekulkewün tuvo uno de esos fin de semana para el olvido. Había intentado... Les juro que hizo todo lo posible y hasta le salió bien el plan. Lo cierto es que en todo este tiempo que escuchaba a menudo “adolescente para aquí adolescente para allá”, esta vez, quizás, entendió de qué se trataba, de dónde venía, cual era el significado de esa palabra:
– El plan funciona, pero no da resultado – arengó no entendiendo. Tenía una sospecha. Maduraba el golpe, lo intuía, lo presentía. El amante sabe cuando no es amado. Él lo sabía, varias semanas antes lo sabía, solamente que esta vez el destino había marcado el calendario con una cruz el día sábado. Lo había intentado, les juro que así lo hizo. Se entregó y lo hizo como nunca, como nunca lo hubiera hecho, porque nunca le gustó la idea o la forma en que tuvo que manifestarlo. Después de todo, alguna vez, tenía que ir a favor de la corriente.
Luego del fatídico sábado llegó el negro domingo. De hecho, las nubes jamás se presentaron grisáceas, solo oscuras, nada de susceptibilidades, realidad pura. Estaba acostumbrado a la oscuridad, a esa edad uno se acostumbra, pero no le preocupaba eso sino el lunes. Necesitaba imperiosamente estar acompañado, sentirse querido o tal vez... que existía. Sin embargo, el ánimo de un herido de alma no es fácil de sobrellevar. Entonces, antes que cayera la noche volvió a planear, y esta vez lo hacía con ganas aunque se desenvolvía a manotazos limpios en un mar de incertidumbre. Planificó el lunes. Comenzó:
– Matemáticas, no, estoy muy distraído, necesito despejarme. Lengua... tal vez, veremos. Quizás teatro o gimnasia, eso sí, siempre me gustó. Aunque la complementaré con materias artísticas -
Siempre dejaba las ciencias duras para el principio de la semana, pero esta vez no sería igual. Nekulkewûn tenía que cumplir con una determinada carga horaria para cada materia en toda la semana. Era un acuerdo entre los alumnos y la escuela en la forma del cursado. Los profesores de lunes a viernes tienen un turno fijo de seis horas divididas en tres módulos (por llamarlo de alguna manera) que, sistemáticamente, abordan los mismos contenidos durante toda la semana. El alumno puede elegir y acomodar los horarios a su gusto. Nekulkewün casi sin vaticinar, a último momento, se dijo:
– Filosofía!!! Si, las primeras dos horas serán de gimnasia y quemaré mi cabeza el resto (las cuatro siguientes) con Filosofía. El martes con lengua dos horas, Comunicación dos y teatro dos. El miércoles matemáticas cuatro... –
Y así armó sus días, planificó su semana, ordenó o tal vez desordenó su cabeza. Filosofía, que siempre fue la materia postergada, incluida en los huecos de su calendario, esta vez se convertía en su prioridad. Había elegido bien:
– Linkankewün será la profesora con quien curse, como a principio de año - determinó aliviado.
Es que Linkankewün era una docente cuya forma de enseñanza ponía un poco incómodo a los alumnos, gustaba interpelar constantemente al otro para que fuese parte de la construcción del proceso de conocimiento. Sus clases eran netamente participativas, empleaba diversos disparadores para activar la reflexión, el interés y el debate. A Nekulkewün esto no le sentaba bien, debido a su timidez, falta de expresión o vaya a saber uno por qué, lo cierto es que al cabo de los dos primeros meses cursados cambió de profesora y se inclinó por otro que hablase más y solo limite al alumno a la entrega de trabajos. La escuela era realmente gigante, con muchas entradas y salidas, sin la vigilancia de preceptores, con pasillos tubulares, aulas desalineadas, rectangulares, redondas, en fin cada semana la rotación de los profesores por las aulas también era un acuerdo. La idea era no acostumbrarse al mismo hábitat. Como decíamos, Linkankewün era una docente comparable a tomar un café con un amigo entablando esas exquisitas, exigentes y locas charlas que tanto bien le hacían al alma. Nekulkewün habitualmente escapaba a esa situación, aunque esta vez ocurriría todo lo contrario porque lo esperaba ansiosamente. Al cabo de un rato, recostado en su habitación, lo venció el sueño.
Llegó el lunes. El ejercicio había venido bien y la profesora de Filosofía arrancó con un fragmento del filósofo y sociólogo Edgar Morín para pensar y reflexionar ni bien llegaron los alumnos. Vaya a saber uno por qué eligió ese. Quizás, porque estaba en el programa de contenidos o solo porque el domingo gris le sugirió comenzar con ese tema. La frase decía:
“La estrategia es el arte de trabajar con la incertidumbre. La estrategia del pensamiento es el arte de pensar con la incertidumbre. La estrategia de acción es el arte de actuar en la incertidumbre”[1].
La frase estaba buena, interesante, parecía mística, apasionante y claro… la profe inspiraba ese contexto, propiciaba ese clima. Hubo un silencio, luego más silencio porque lo que al principio parecía fácil de comentar, debatir, sugirió una lectura profunda por parte de la mayoría de los alumnos. Los primeros que se animaron a hablar fueron aquellos que no se tomaron mucho tiempo para la reflexión.
- Lo que dice el autor es que muchas veces no sabemos dónde estamos parados y que a pesar de eso debemos seguir – arrancó uno que parecía acostumbrado a este tipo de clases.
- Claro, estamos tan acostumbrados a buscar lo seguro que cuando estamos en una situación adversa no sabemos qué hacer – dijo otro.
- Ser estratégicos es la clave – Esbozó otro.
Nekulkewün no podía separar la frase del sábado. Él sentía en piel esa incertidumbre y la frase lo reconfortaba pero no respondía a un interrogante… Ese dolor, esa desilusión de haber terminado con su novia, o que lo terminaran, lo había envuelto en un mundo oscuro, sin suelo ni techo, patéticamente laberíntico, porque no tenía parecido alguno a los laberintos de los videos juegos o al que está en el parque cercano a su domicilio. Era una caída libre con miles de manos alrededor sin posibilidad siquiera de utilizarlas para burlar ese salto al vacío. Ese estado de no saber qué hacer hacía que los pies pesaran, la televisión hipnotizara, que la bronca, el desgano, el resentimiento y la impotencia confluyeran en contra de ese maldito “arte de actuar”. Pues bien, levantó la mano….
- ¿Qué es arte? – preguntó.
- Es un buen punto de partida- asintió la profesora.
- Creación – apuntó Antú que se encontraba a su izquierda.
- Toda actividad humana cuyos resultados y procesos de desarrollo pueden ser objetos de juicio estético – repitió de memoria uno que estaba cerca de la primera ventana.
Nekulkewün no podía entender arte sin sábado, se sentía agobiado, molesto, en la obligación inconsciente de salir de ese camino cuesta arriba, por eso tiró…
- Yo lo asimilo como una especie de técnica u oficio. Pero cómo uno puede trabajar desde el desorden, desde la desorientación, desde un no lugar. Eso es incertidumbre!!!!
El mundo en un abrir y cerrar de ojos se había puesto complejo para Nekulkewün, justamente para él que tenía tantas energías para tantas cosas y ahora no. Ni siquiera podía comprender si esa charla era absurda o servía de algo. El debate se había instalado y la discusión giraba entorno a la incertidumbre que se revolcaba con el caos, la falta de personalidad, la inseguridad propia de la gente sin valores e identidad y una serie de apreciaciones que no ayudaba, en ese momento, a resolver su crisis existencial. Continuaron los aportes, las idas y venidas de posturas por un largo rato. Al terminar la clase Nekulkewün no salió conforme. Decidió no volver con la misma profesora al día siguiente porque entendía que se había ido con más dudas que certezas.
Más tarde, al llegar a su casa y luego de un baño, Nekulkewün por primera vez en su vida temió a la llegada de la noche. Sabía de antemano que iba a ser eterna. Y así fue. Entre dormido y despierto pudo vislumbrar una duda y certeza al mismo tiempo “la profe no puede dejar así como así la clase, seguramente mañana reforzará con teoría, dará su opinión o una conclusión”. La duda estaba clavada…
Al día siguiente, cambió de idea y regresó a la misma clase. Lejos de encontrar lo que esperaba Linkankewün apareció con una cuchara grande, de sopa podríamos decir.
- ¿Qué ven aquí? - preguntó
- Una cuchara – respondieron todos al mismo tiempo.
- ¿Nada más? - arengó y todos se miraron entre si. Estaba claro que eso era una cuchara, hasta que desde el fondo se escuchó…
- Un espejo – dijo una chica.
- Bien – asintió la profe.
- Un toma sopa – dijo otro y toda la clase echo a reír, incluida Linkankewün.
- Sí ¿por qué no? – continuando con la actividad.
- Una catapulta – aportó una estudiante.
Los puntos de vistas continuaron sumándose con gran sorpresa porque eran cada vez más reflexivos y creativos. Se escucharon frases que van desde una “herramienta para construir castillos de arena”, hasta “el hambre del mundo”. Podrían haber seguido un buen rato más, pero la profe interrumpió.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la incertidumbre?
Nekulkewün que luchaba con el insomnio comprendía, desde su lugar, desde su mirada, tal como lo había hecho con la cuchara, que las certezas existen desde las propias construcciones. Se dio cuenta que todo este tiempo que pensaba que reinaba el desgano no fue así, porque había agotado tosas sus energías en entender lo que pasaba. Quería explotar, desahogarse, delirar, contar todo, pero la ansiedad lo dejó sin iniciativa. En ese momento, se calmó. Sabía que la confusión continuaba pero tenía la certeza que tarde o temprano le encontraría la vuelta a la cuestión. Quiso responder a la pregunta pero no pudo.
Pasó mucho tiempo para que Nekulkewün empezara a superar los últimos coletazos de ese mareo asmático que significó una parte de su vida. Solo que esta vez, en todo este tiempo, no abandonó las clases y se sintió cómodo con las dudas, porque le ayudaban a pensar y también porque por dentro tenía la seguridad de que ése era el camino para encontrar posibles soluciones. Nunca supo si la profe arrancó con esa frase por aquel día gris, por intuición o porque había sido un fin de semana fatídico como lo fue para él. Lo cierto es que no fue la última vez que utilizó ese recurso para interpelar a sus alumnos y eso a Nekulkewün le sentaba muy bien. Los encuentros con Linkankewün fuera de clase, tales como pasillos, asados u otros eventos en común, llevaron a que la relación se hiciese muy cordial aunque feroces discusiones surgían a menudo. Pero la relación creció, de hecho fue así con la mayoría de los estudiantes, es decir no solo con la profesora sino también entre los mismos compañeros. Es más, Nekulkewün decidió, al año siguiente, optar por la misma profesora en el último nivel. Como decíamos, las dudas planteadas en las continuas clases parecían hacerlo madurar, reflexionar sobre su mundo y su relación con los demás. Pronto fue saliendo de muchas incertidumbres para ingresar en otras, después de todo había entendido que de eso se trataba la vida tal como lo manifestaran nuestros pueblos originarios: “en nuestras vidas emprendemos diversos caminos que son círculos que debemos cerrar para que se abran otros”.
No obstante, antes de finalizar ese ciclo, el primero que tuvo con esta profesora, la buscó el último día de clases. Tenía una duda clavada, inclusive hasta le daba vergüenza preguntarle porque era una curiosidad sin fundamento, por lo menos así lo creía él. La encontró y le preguntó si sus clases eran improvisadas o estaban planeadas y si respondían a contenidos instituidos. Ella le permitió observar los descriptores de la materia que los tenía justo a su lado.
Ah… me olvidaba… Nekulkewün esa mañana, antes de ir a la escuela, se levantó preguntándose con demasía ¿qué es la filosofía? Porque ninguna definición conceptual le fue aportada por la misma profesora. Fue a Internet y encontró: “Disciplina milenaria que se caracteriza por formular preguntas críticas y radicales acerca del sentido de la vida, el ser humano, la sociedad, la historia y el papel del sujeto en ella”.
Quizás, todo este tiempo lo supo…
[1] MORIN, Edgar. 1995. “Epistemología de la complejidad” en Dora Freíd Schnitman, Nuevos Paradigmas, Cultura y subjetividad. p. 439